Noticias

Información General La historia de una esquina

31-03-2024

La historia de una esquina

Recorrida por el edificio de la Fideera Aitala, fundada por don Egidio Aitala en 1913. Las huellas del pasado en la construcción y las maquinarias que conviven con la producción del presente.


Si no fuera por los modelos de los autos que la atraviesan de oeste a este y de norte a sur, ese rincón del encuentro entre la calle Coronel Suárez y la calle Alsina es un viaje al pasado de Olavarría que no se interrumpe ni después de atravesar la puerta del edificio de la fideera Aitala.

Suficiente un par de pasos sobre la escalinata de material granítico, abrir la puerta de siempre con vidrios inmensos, de una madera impecablemente conservada y adentro la misma atmósfera que envolvía a los olavarrienses durante el primer tercio del siglo pasado.

Sólo la disimulada presencia de la pantalla de una computadora en un costado del mostrador de época denota que el tiempo ha transcurrido. Huella del presente, como otras que están disimuladas en los 1200 metros cuadrados de la imponente edificación.



El resto de la sala de atención al público hace sentir en el pasado: el mobiliario tan rústico como bello donde se exponían, en cajoneras de frente vidriado, el tipo de fideo que se vendía a granel y ahora están contenidos en bolsas.

Arriba del mueble, como escrutando toda la sala, la mirada de don Egidio Aitala desde una foto con marco ovoidal y en las dos vidrieras los signos inconfundibles de otro tiempo: la balanza y sus pesas; una prensa; una caja registradora; libros contables escritos a mano con registros de la década del 30 (que de milagro se salvaron de las inundaciones del ‘80 y del ’85); una bolsa - saco de tela blanca; el tarjetero y el reloj que registraba ingresos y egresos de los trabajadores, que en la época que todo se hacía a mano llegaron a ser más de 50.

En la corta espera ingresan al local dos clientes por lo menos septuagenarios, como lo habrán hecho tantas veces, con una bolsa en sus manos para pedir fideos por peso.

Se abre la puerta de la derecha y aparece Aldo Lantieri, hijo de una Aitala y bisnieto de fundador de la fideera en 1913.



Egidio Aitala partió desde Sicilia a principios del siglo pasado como tantos otros en busca en un futuro mejor. Algunos italianos elegían los Estados Unidos, otros Australia, Brasil, Canadá, Uruguay.

El patriarca de la familia, como otros millones, eligió la Argentina y como decena de miles un pueblerío del centro de la provincia de Buenos Aires llamado Olavarría.

Era agricultor, había partido en el barco “Umbria” desde el puerto de Génova para arribar al puerto de la ciudad de Buenos Aires el 19 de septiembre de 1909.

En Olavarría se empleó en la fideera de un paisano de apellido Cereseto, en la esquina de lo que hoy se identifica como las calles Necochea y Alsina. Allá en Sicilia quedaban esperando por noticias su esposa y la mayor parte de los 8 hijos que finalmente tuvo la familia.



De ellos, dos varones trabajarían con Egidio en la fideera, uno de ellos era el abuelo de Aldo.

“Yo soy la cuarta generación del fundador Egidio Aitala. Mi abuelo cuando vino tenía 10 años y mi bisabuelo emigró para trabajar sin saber de qué. Era agricultor, de la zona de Catania y supongo que sabría hacer tareas de la tierra” comenzó relatando Aldo.

“Como todos los inmigrantes vino a buscar un lugar donde instalarse y una vez que se instaló mandó a llamar a toda su familia” acotó.

Tuvo que pasar menos de un lustro desde su llegada a la Argentina antes de que Egidio se instalara en la esquina de Coronel Suárez y Alsina. Primero vendiendo pan, al tiempo incursionó en la venta de fideos de harina.

“En algún registro dice que empezó amasando 10 bolsas; al año pasó 26 y así terminó adquiriendo la esquina. Después hizo unas reformas sobre Coronel Suárez y el 1927 se reconstruyó la esquina tal como está hoy” reportó Aldo.

En la década del ‘60 la empresa cambió el perfil de fabricación y adoptó la elaboración de pastas con sémola. Cambió la cocción, el secado y renovó la maquinaria para estar a tono con la metamorfosis.

Superaba el medio centenar de trabajadores Aitala en aquella época, en especial porque los fideos se embolsaban a mano.

Hoy el proceso está automatizado y una de las últimas y más notables modificaciones ha sido el cambio de packaging: bilingüe, con el italiano dominante por sobre el español, como una estrategia de marketing para seguir fortaleciendo el ingreso al gigantesco mercado de la ciudad de Buenos Aires.

En Aitala está presente la preocupación por resguardar la historia en la edificación y en el mobiliario.

“Eso que lamentablemente la inundación del ’80 devastó una gran parte de los libros contables que estaban en la planta baja. Después el edificio sufrió un incendio en 1986 y lo único que no se incendió fue esta parte delantera del edificio. Era casi todo de madera y los nylon que toman fuego rápidamente. Agarró maquinarias, mercadería, todo. En ese momento hasta había cables de tela en las instalaciones” recordó.



Se interrumpe la charla en su oficina y Aldo invita a una la recorrida por la planta que vive detrás de la fachada de Alsina y Coronel Suárez, donde lo contemporáneo convive con lo histórico.

La sémola de trigo candeal con la que se elaboran los fideos proviene de un importante molino que tiene su sede en Bahía Blanca contaba Aldo, mientras de fondo se escuchaba el ruido inconfundible de las máquinas produciendo en el sector donde están los secadores de madera para los fideos laminados, la prensa de corte y la envasadora.

La historia también se sostiene en la elaboración de las pastas y quizás uno de los secretos de su gusto tan particular sea la utilización de secaderos de madera.

“Trabajar en forma tradicional, sostener el secado lento. Esto es como los vinos: depende de cómo los tengan asentados es cómo se le da el gusto. Hoy en 3 horas capaz que tenés fideos secos y nosotros estamos 12, 15 y hasta 18 horas para secarlos en algunas variedades” comparó.

Escaleras arriba están la secadora de los fideos cortados (guiseros y soperos), el silo y la joya de una especie de museo que convive con la planta elaboradora de pastas: la usina, que abastecía con electricidad a toda la fábrica, importada de Gran Bretaña en los años 30.

“Cuando yo entré a trabajar acá dos por tres la prendían” reveló Aldo al llegar al grupo electrógeno alimentado a gasoil, que en lugar de radiador tiene una pileta para refrigerar el agua en el exterior del edificio.

En el generador luce impecable la chapa donde se puede leer Great Britain y en letras más grandes TD Richter, mientras el motor es de marca Ruston.



Camino a terminar el recorrido escaleras abajo en aparecen uno gigantescos discos de bronce, que son ni más ni menos que los moldes a través de los cuales la masa se convierte en fideos.

La última estación de la recorrida es la sala ubicada detrás del ámbito de atención al público, que tiene sus paredes decoradas con fotos de época, por supuesto ya sepia: los camiones de la firma en las décadas del 20, 30 y 40.

En la pared de enfrente se puede ver un cuadro con la foto de don Egidio Aitala en el fondo de la imagen, a un costado los trabajadores apoyados sobre las máquinas y sentadas en el piso un grupo de mujeres que se encargaban de darle forma a los fideos.

Allí también hay un mobiliario rústico, bello, de lustre oscuro como el que se ven en el salón de atención al público y en un rincón una vieja nidera para hacer fideos.

Ahí se terminó el recorrido, volviendo al pasado. A la sala donde se siguen vendiendo los fideos con el entorno de un siglo atrás.

Dejanos tu comentario

Más Noticias

Nuestras redes sociales

Programas
Verte +