25-01-2026
La expansión de los parques en la Argentina plantea nuevos desafíos sobre su verdadero impacto ambiental. Desde Olavarría, científicos, técnicos y trabajadores analizan los límites.
El viento se levanta con fuerza en el centro bonaerense. Sopla entre las sierras, arrastra el polvo de las canteras y hace girar las alas de acero que sobresalen del paisaje como enormes gigantes de acero. A simple vista, los parques eólicos parecen postales de un futuro limpio, sustentable, símbolos de una transición energética que promete reducir la huella de contaminación que se genera en el planeta. Sin embargo, detrás de esa imagen ideal hay preguntas que comienzan a inquietar a la ciencia: ¿qué tan sustentable es realmente esta energía? ¿Qué ocurre con los materiales de los molinos cuando deben ser cambiados por daños o desgaste?
En la Argentina, la energía eólica se expandió con fuerza en la última década. Hoy existen más de setenta parques distribuidos a lo largo del territorio nacional, con más de mil trescientos aerogeneradores instalados y una capacidad de generación que supera los 3.500 megavatios. Estas cifras representan un salto importante hacia una matriz más limpia, impulsado por la Ley 26.190 de Energías Renovables y por políticas que, con altibajos, buscaron incentivar la inversión en fuentes alternativas.
Pero el crecimiento tecnológico no siempre se traduce en sustentabilidad. La instalación de nuevos parques suele celebrarse como sinónimo de progreso, aunque detrás de cada torre que se levanta hay una cadena industrial compleja que incluye transporte, mantenimiento y materiales, etc, cuyos impactos todavía se investigan. Cada “molino de viento” (como comúnmente se suele llamar a los aerogeneradores) tiene una vida útil promedio de veinte a veinticinco años, y sus palas, de más de sesenta metros de largo y fabricadas con materiales compuestos difíciles de degradar (fibra de vidrio y resina epoxi) ya comienzan a acumularse en depósitos sin destino definido.
En Olavarría, una ciudad marcada por la industria cementera y el viento incesante, esa preocupación encontró eco en la universidad pública. En los laboratorios de la Facultad de Ingeniería de la UNICEN, donde la investigación aplicada se integra con los problemas del territorio, la búsqueda de soluciones sustentables se volvió parte del quehacer cotidiano.
Allí, el Ingeniero Civil, Joaquín Legnazzi, acompañado por su tutora, la Ingeniera Civil, Silvina Zito, decidió investigar qué hacer con las hélices eólicas cuando ya no puedan seguir girando. “La gente ve un molino y dice ‘qué lindo’, pero no se imagina cuánto puede contaminar cuando deja de funcionar”, cuenta Legnazzi, autor de una tesis que propone reciclar las palas eólicas para incorporarlas en mezclas de hormigón.
La idea surgió a partir de una problemática detectada en Puerto Madryn, donde una empresa que instala parques eólicos acumulaba palas dañadas. Un ingeniero egresado de la UNICEN se contactó con la Facultad y propuso trasladar el desafío al laboratorio de materiales. “Nos llega el material triturado, y empezamos a analizar su composición. Son fibras de vidrio unidas con resinas: resistentes, pero difíciles de romper. Decidimos probar cómo responden dentro de mezclas de cemento y los resultados fueron mejores de lo que se esperaba”, explica.
Las pruebas mostraron que el hormigón elaborado con fragmentos de palas no solo mantenía su resistencia, sino que en muchos casos la supera. “En todos los ensayos donde medimos: compresión, tracción y flexión, el material con fibras rindió más. Y además se necesitó menos cemento y menos acero, lo que reduce la huella de carbono del proceso”, detalla el ingeniero.
La propuesta se enmarca en el concepto de economía circular, que busca cerrar el ciclo de vida de los materiales y transformar los desechos en recursos. La relevancia del trabajo no se limita solo a lo técnico. En un país donde la industria cementera concentra buena parte de su producción en el centro bonaerense, la articulación entre ciencia y territorio adquiere un valor estratégico. “Sería ideal que las mismas empresas que tienen parques eólicos sean también las que se encarguen de gestionar sus residuos. Serían, a la vez, parte del problema y de la solución” reflexiona Legnazzi.
El ingeniero Gabriel Blanco, docente e investigador de la misma Facultad y exintegrante del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), coincide en que el desafío energético del país no puede reducirse a instalar más molinos. “El país ha hecho un gran esfuerzo por incorporar energías renovables, pero todavía no existe una política integral que piense a largo plazo. La sustentabilidad no se logra solo con tecnología: se logra con educación, planificación y participación social”, sostiene.
Su mirada amplía la discusión más allá del laboratorio: la transición energética no es solo un cambio técnico, sino también un proceso cultural y político que exige repensar la relación entre energía, desarrollo y ambiente. Olavarría, con su tradición industrial y su capital científico, parece condensar esa tensión. Por un lado, la posibilidad de producir energía limpia aprovechando los vientos de la región; por otro, la necesidad de garantizar que ese desarrollo no genere nuevas formas de contaminación.
Legnazzi advierte que el país tiene poco tiempo para actuar. “A partir de 2040, muchas de las palas que hoy están en funcionamiento van a llegar al final de su vida útil. Tenemos alrededor de diez años para pensar soluciones antes de que el problema sea masivo.”
Fuente: Agencia Comunica