08-03-2026
Silvia de la Torre siempre está detrás de una misión. Guardapolvos, lápices, leña, una silla ortopédica. Impulsa pequeñas campañas y dice que así devuelve algo de todo lo que recibió.
“Hace casi 30 años que soy médica en la ciudad y siempre hice este tipo de cosas”, comenzó la conversación con Verte Silvia de la Torre.
Se refiere a pedidos a la comunidad que realiza de manera cotidiana y que los canaliza hacia las personas y familias que necesitan ciertos recursos a los que no pueden acceder por sus condiciones de vida.
“Mi manera de vivir es compartir lo que tengo. Con el transcurso del tiempo esto se fue incrementando y desde hace más o menos dos años los mensajes que recibo son muchas veces desesperantes”, explicó.
“Sobre todo en la noche, madres solas que no tienen qué darle de comer a sus hijos y generalmente termino mandándolas a un quiosco cerca del barrio, por ejemplo, hablando con la persona que está atendiendo para que les dé lo que tengan en ese momento para comer y al día siguiente paso y pago”, detalló.
“Eso es una de las cosas que movilizó un montón. Otra es ver a las niñeces revolver la basura en diferentes barrios. Cuando pasa eso y me avisan trato de abordar personalmente a la familia y ver cuál es la problemática. Esto es de manera particular. Nosotras no pertenecemos a ninguna asociación”, aclaró.
![]()
“Somos principalmente dos personas que trabajamos, una amiga y yo. Y hay otra gente alrededor dentro de mi red interna. Tengo dos redes. Una interna, que es por whatsapp y otra que por Facebook. Como soy vieja, tengo 62 años, este año cumplo 63, utilizo más que nada el Facebook”, dijo Silvia sonriéndose.
“Cuando en mi red interna no logro el objetivo lo publico para que eso se multiplique y de esa manera hacer que las cosas le lleguen a la gente”, detalló.
“La gente me escribe por distintas vías y ahora también le escribe a mi amiga. Yo soy la que junta cosas, la que más llegada tiene, la que junta el dinero en mi propia cuenta DNI. Tengo una cuenta separada a la de mis trabajos y reúno dinero en base a la necesidad de la gente”, comentó.
“Si precisan comida, junto comida, si necesita útiles, junto útiles. Si precisa un remedio o no tiene plata para comprarlo, junto plata. El año pasado con la campaña de la leña entregué 15 toneladas y media en siete barrios diferentes”.
“Trabajo mucho con los referentes barriales de confianza que me han quedado desde el momento en que formaba parte de la mesa de emergencia”, apuntó la médica y recordó: “Esa fue una movida muy grande y había muchas personas que elaborábamos y teníamos como objetivo suprimir las necesidades”, siguió.
Silvia observa con tristeza cómo se agrava la condición de muchas familias. “En estos dos últimos dos años la situación socioeconómica se ha ido complicando y se ha hecho mucho más visible en las redes porque sola no puedo”.
“Antes hacía un montón de cosas con las redes internas, pero ahora sola no puedo, utilizo un montón de plata de mi salario para ayudar pero me he dado cuenta que eso no es suficiente, porque también tengo mi familia”, aclaró.
“Entonces esto se ha transformado en una gran red, en una cosa muy hermosa”, relató emocionada. “Tengo un nudo en la garganta porque la gente hace cosas que tienen que ver con gestos de amor”, subrayó.
“Vos podés entregarme, en este caso de la campaña escolar, los guardapolvos sucios o podés ponerte a blanquearlos y lavarlos y entregarlos impecables, aunque sean guardapolvos usados”, narró.
“Podés entregar los lápices en una bolsa de nylon o ponerte a limpiarlos y entregarlos con la punta sacada, como uno lo haría para sus hijos”, describió.
“Hay cosas que aún no he logrado, como por ejemplo sillas posturales para discapacidad, ya que son específicas. Trabajo en un hogar donde hay residentes con capacidades diferentes mentales y motoras moderadas y severas y se usan sillas posturales”, lamentó.
“Hemos conseguido dinero para pagar las boletas de luz. Cargamos garrafas, el año pasado hemos cargado varias y llevamos como siete o ocho garrafas a la fecha cargadas porque a la gente no le alcanza para llegar a fin de mes. El Estado les otorga un monto para cargar una garrafa, pero dura 21 días”, apuntó.
“Nosotras suplimos sobre todo las necesidades de mamás que están solas, solas con sus hijos o que se han quedado sin trabajo”, repasó.
“La gente que es pobre toda su vida tiene la red de la pobreza. La red que yo tenía cuando era chica, que también fui recontra pobre. En el barrio nos ayudábamos y lo que a uno le faltaba, el otro lo tenía. Íbamos a la mañana a la escuela y prestábamos las zapatillas a los amigos del barrio que iban a la tarde, los lápices, la goma, la lapicera”, rememoró.
“Estoy acostumbrada a eso ya desde que era chica. Ahora la gente se ha quedado sin trabajo, estaba acostumbrada a tener un trabajo, un salario, le cuesta mucho pedir”, lamentó.
“Nunca decimos el nombre de las personas destinatarias porque eso es vergonzante muchas veces. Hay gente que dona en forma anónima y otra que no tiene problemas en que figure su nombre”, diferenció.
“En esos casos yo publico porque creo que esto se contagia. Es algo tan bonito que no puedo explicarte con palabras la sensación que tengo”, dijo otra vez con el nudo en la garganta.
“Es una sensación más bonita dar que recibir porque yo también he recibido comida cuando no tenía, he recibido ropa, zapatos, cuando no tenía ni aún estudiando la carrera de Medicina”.
“Siempre hubo una red a mi alrededor que me ayudaba porque mi madre era sirvienta, no me podía dar nada aunque ella hizo lo que pudo por mí. Pude estudiar porque me becaron, si un profesor no hubiera advertido que yo quería estudiar medicina y no tenía recursos, hoy no tendría esta profesión que amo”.
“Para mí es una manera de devolver lo que me dio el Estado, la sociedad, mis amistades, mi mamá, mi hermana. Es un modo de vida que tengo”, explicó.
“La intención es que esta cadena se amplíe, la gente ha comprado cosas y las que son usadas están impecables. El marido de mi amiga está cosiendo agujerito por agujerito una de las mochilas”, contó y siguió: “blanquea los cordones de las zapatillas, lustra los zapatos que nos donaron te juro que me emociona esto. Es esperanzador y sanador”.
“El dolor de la gente me atraviesa y me genera una impotencia tan grande lo que está sucediendo que si yo no transformo ese dolor, me enfermo. Tengo seis laburos. “Veo muchas realidades en los diferentes lugares donde trabajo. Me sana transformar ese dolor en solidaridad. El daño social es tan grande ahora y se va extendiendo, que los llamados suelen ser desesperantes. Necesito ampliar la red”, analizó.
“La gente es muy solidaria y aporta de todo: Hay un lavarropas roto y aparece alguien en mi muro y dice que lo puede arreglar, va al domicilio sin cobrar y lo hace y coordinamos todo por teléfono”, detalló.
“Y aunque todo esto me parece maravilloso soy muy realista, tengo bien claro lo que está sucediendo y tengo un pensamiento muy particular. Estoy a favor de la ayuda del Estado a la gente pero no creo en la meritocracia, ya que por más que el Estado esté presente nunca vamos a igualar las oportunidades porque nadie elige nacer pobre y sin nada”, planteó.
“Muchas veces, por más que el Estado te de oportunidades, cuesta mucho más cuando vos sos pobre acceder a lo que querés hacer, a tus sueños, a un laburo. La gente se emociona cuando le damos un shampoo, un jabón, nos piden hasta elementos de gestión menstrual”.
Y dijo: “No tienen, les llega la primera menstruación a las niñas y las madres me escriben que no tienen qué ponerles. En mi época mi vieja me hacía las toallitas con una toalla de color rojo para que no se notara la sangre”.
Una historia que hizo surco
“Fui abanderada de la escuela en el Colegio Nacional. Y parece que las oportunidades para los pobres se dan únicamente cuando uno se destaca en algo”, recordó.
Un día me llamaron para preguntarme qué quería estudiar. "Yo quiero estudiar medicina, pero no tengo plata, entonces voy a elegir el profesorado de biología”, les dije.
Y la respuesta fue: "Vamos a becarte." La gente de la escuela, las docentes del colegio nacional en aquella época, hace casi 30 años, organizaron una red de exalumnos, alumnos y padres y todos los meses reunían el dinero que salía de esa colecta.
“Eso que me mandaban no me alcanzaba por supuesto y para cubrir mis necesidades, limpiaba el pensionado donde vivía en La Plata y atendía el teléfono determinados horarios y con eso podía llegar para pagar el alquiler”, detalló.
“Tenía una amiga que me llevaba comida, me llevaba a la casa los fines de semana a comer carne y a veces mis compañeras del pensionado me daban de comer”, repasó sin suavizar nada de lo acontecido.
Con los años, Silvia siente que pudo devolver en algún sentido ese aporte. “Ni bien me recibí empecé a armar la historias clínicas de uno de los hogares de ancianos que había en Olavarría, porque íbamos desde la guardia del hospital y muchas veces a la madrugada y no sabíamos cómo se llamaban”.
“Entonces, empecé a poner los nombres en las camas y armar las historias clínicas y hace años que trabajo ahí en el Hogar de Ancianos porque parte de la comisión de Damas Vicentinas fueron mis docentes en la secundaria. Ahí comencé a devolver esto, todo lo que esta gente hizo por mí”, cerró.