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Deportes “Beto” Kees, el que levantó la primera Libertadores de Boca

31-05-2026

“Beto” Kees, el que levantó la primera Libertadores de Boca

Radicado en el Sur del país, repasó su vida y su brillante carrera que comenzó en Loma Negra y tuvo su momento culminante aquel 14 de septiembre de 1977 en el estadio Centenario.

 

Con el número 23 en el dorsal de su camiseta blanca Héctor Humberto Kees estuvo aquella espantosa noche del 14 de septiembre de 1977 en el estadio Centenario de Montevideo que vio el empate 0-0 en la lluvia, el barro y la definición por penales ante Cruzeiro que le dio a Boca la primera Copa Libertadores de América.

 

Radicado entre Río Negro y Neuquén desde hace varias décadas, de regreso a Villa La Angostura -luego de visitar a su hijo en La Plata- se dio una vuelta por Olavarría para reencontrarse con familiares, amigos de la vida y tantos amigos que le dio el fútbol.



“No me gusta el avión y me encanta manejar” confesó “Beto”, que en toda esta semana no ha parado de tomar café con amigos, ni de compartir la mesa con la numerosa familia que tiene entre Olavarría y Colonia Hinojo.

 

Nació en un rincón del Partido del que sólo quedan recuerdos, una vieja chimenea, aunque posiblemente tenga el mayor porcentaje de chicos que jugaron en un grande de la Argentina.

 

“Eramos 14 pibes en Calera Feitis y tres jugamos en la primera de Boca” contó, en alusión a los hermanos Abel y Hugo Alves.

 

El “scouting”, palabra que no existía a mediados de los ’60, tiene una explicación que se cae de madura: “Raúl Moriones nos vio jugar con el equipo de la Escuela 28 de La Providencia -donde mi mamá fue portera por 32 años- y nos habló para llevarnos a los tres y a Fernando Carlos Racing, pero cuando estábamos por hacer las fichas se fue de Racing a Loma Negra, por eso los cuatro terminamos jugando en Loma Negra”.

 

“Raúl fue como un segundo padre para mí” dijo con un dejo de emoción y nostalgia. Para ir a los entrenamientos los pasaba a buscar Carlitos Burani en el micro del club o se iban a dedo cuando terminaba el horario de clases en la Escuela Industrial. Por la noche, Burani los regresaba a Feitis.



El primero del terceto que recaló en La Candela fue Abel Alves. Transcurrido el primer año se volvieron a encontrar y el “Chueco” le propuso sumarse al sueño.

 

“Extrañaba, se quería volver y me dijo ‘acompañame porque no aguanto más; es duro estar lejos de la familia. Por qué no te vas a probar, que en mi categoría está faltando un ‘tres’. Yo jugaba de 5 en la primera de Loma Negra, anduve bien en la prueba y quedé. Es una cuestión de suerte, porque eran 150 chicos, 10 minutos para mostrarse en los que la pelota no te tiene que picar mal, no tenés que dar un mal pase, no hacer ninguna macana. Quedamos dos, un pibe Raimundo y yo”, relató “Beto”.

 

Una tarde intentó convencer a “Nano” Gandulla y Ernesto Grillo -dos próceres en la historia de Boca- de que su puesto en la primera de Loma Negra era de volante central y la respuesta de Grillo fue contundente: “Nosotros lo necesitamos de ‘tres’. Si usted no quiere jugar de ‘tres’ agarre el bolso y vuélvase a su casa”.

 

A los tres meses Rogelio Domínguez lo citó para la primera, en un partido contra Ferro Carril Oeste, como suplente de Tarantini. Tal vez en el mejor equipo de Boca que no pudo coronar con un campeonato: Sánchez; Pernía, Nicolao, Rogel, Tarantini; Benítez, Trobbiani, Potente; Ponce, García Cambón y Ferrero.

 

“Boca siempre es un cabaret y ese equipo no salió campeón porque había problemas internos. En 1976 (Alberto J.) Armando se cansó, había vendido a Ferrero al Gijón, echó a Rogelio Domínguez y quedaron sólo tres jugadores, Pernía, el ‘Chino’ Benítez y Tarantini” rescató de su memoria Kees, que para los relatores de las radios porteñas pasó a ser “Héctor Kis”.

 

A esa altura Abel Alves ya tenía goles y minutos en primera, Hugo Alves y Mario Paternó amanecían desde las divisiones inferiores.

 

Entre los que llegaron con el DT Juan Carlos Lorenzo y los pibes que subieron de las divisiones inferiores se fue conformando el Boca bicampeón de 1976 (incluida una histórica final del Nacional ante River) y ganador de la Libertadores de 1977.

 

“Lorenzo era un técnico muy exigente, un tipo muy inteligente, con mucha experiencia, que ya había dirigido a San Lorenzo, en Italia y en España, a la selección argentina en el Mundial de Inglaterra. Era un adelantado; muy estricto, muy serio” definió al mítico y polémico entrenador y hasta imitó algunas frases con esa voz metálica que distinguía al “Toto”.

 

“Fue una persona que me enseñó muchísimo; con él entrenábamos hasta los saques laterales” sumó.

 

El día de la noche más gloriosa de su carrera fue aquel 14 de septiembre en la otra orilla del Río de la Plata, el tercer partido de la final de la Copa Libertadores de 1977, después de que Boca y Cruzeiro se ganaran 1-0 en “La Bombonera” y en el “Mineirao”.


Estuvo en el banco de suplentes en el estadio Centenario, vio con el corazón en la boca la definición por penales, saltó a la cancha cuando Gatti detuvo el último disparo de la serie a Vanderley y sólo le quedaron los calzoncillos.

 

“Tengo la camiseta 23 de piqué que usé en esa Libertadores, pero la blanca de la final me la sacaron los hinchas que se metieron en la cancha” citó “Beto”.

 

Aquella casaca no es el único recuerdo que se fue quedando en el camino del tiempo: “La medalla que nos dieron y el mexicano de oro que nos regaló Alberto J. Armando por haber sido campeones de la Copa Libertadores la vendí en Laspina Turismo. Me quedó sólo la réplica de la Copa Libertadores”.

 

El repaso de “Beto” incluyó decisiones que hoy se cuestiona, como cuando optó dejar Boca porque en el Nacional de 1977 iba a hacer banco y como no se jugaban las reservas se fue a Gimnasia con Rattín como entrenador; una charla fallida con Juan Carlos Lorenzo a su regreso; el paso por Unión para reemplazar a un Bottaniz que no terminó de irse a España, el haber desechado ofertas para jugar en Francia y en el Panathinaikos de Grecia.

 

Iba a seguir en el profesionalismo. El histórico secretario de Boca Luis Bortnik gestionó una cesión sin cargo y sin opción a Temperley con el presidente, su amigo el vicecomodoro López (eran tiempos de la dictadura militar en la Argentina).

 

“Tenía arreglado todas las condiciones: sueldo, prima, premio, alojamiento, comida… todo. Estaba cambiándome en una esquina del vestuario, vino el técnico y me pidió plata para él y para ayudante de campo, que si no tenía otro jugador para llevar. Para mí fue una deshonra; estuve toda la noche llorando en el hotel Nogaró. Al otro día me subí al auto y volví a Olavarría. No me despedí ni de Luis Bortnik” recordó.

 

Rápido como se movió siempre para rescatar jugadores apareció Tony Pelliccioni y le puso la blanca y negra de Estudiantes. Fue parte de la semilla que brotó en el verano de 1980 con uno de los mejores equipos en la historia del fútbol de Olavarría.

 

Volvió a sus raíces, se puso la “cinco” para no sacársela nunca más. Participó de las históricas definiciones del torneo local con el estelar Loma Negra; reforzó a los celestes en aquel Regional del 82 que se quedó en el camino frente a Olimpo en el “Carminatti”, la noche que pasó de todo, menos fútbol; con otros 5 jugadores de Estudiantes jugó para el Independiente de Bolívar que protagonizó una definición inolvidable contra Loma Negra en Azul; jugó para la selección de Olavarría que fue subcampeona del Argentino tras perder la final en Tucumán.

 

Emigró al fútbol azuleño, se puso las camisetas de Azul Athletic, Alumni y de Sportivo Piazza, dirigió 6 meses y dejó el fútbol para siempre. Adentro de la cancha, porque lo sigue apasionando desde afuera.

 

El vínculo afectivo con Boca nunca se cortó, aunque este presente lo fastidia. “No puede ser que cualquiera nos toquetee en La Bombonera. En mi época esa cancha daba miedo” planteó unas pocas horas antes del descalabro ante la Universidad Católica.

 

Con su amigo Pinino Lardapide incursionó en la venta de automóviles un par de años, hasta que en 1991 no pudo resistir más las invitaciones de dos cuñados que estaban afincados en el Alto Valle y se emigró a Cipolletti, donde comenzó un periplo de más de 20 años en un radio de 100 kilómetros.

 

“Acá no andaban bien las cosas. En Cipolletti estuve 11 años trabajando en una concesionaria. En el año 2001 la concesionaria Ford donde trabajaba abrió una sucursal en San Martín de los Andes y mis cuñados se fueron a Villa la Angostura. Mi señora es docente, que en ese tiempo en Neuquén ganaban el doble de lo que ganaban el de Río Negro y nos fuimos para Bariloche. Yo me hice cargo de la sucursal, supervisaba Zapala y San Martín de los Andes y mi señora viajaba todos los días a Villa la Angostura” expuso “Beto”.

 

En 2004 “Beto” Kees instaló una concesionaria de autos por su cuenta, que tuvo sus puertas abiertas hasta que en 2016 se jubiló y ahora renta casas para turismo en una zona paradisíaca de la Argentina. “Allá nadie me conoce como ‘Beto’, soy Héctor” aclaró.


Ese “Beto” que forma parte de un pasado glorioso del fútbol de Olavarría, que cada tanto se hace tiempo para regresar y repasar historias y anécdotas entre mate y mate, café y café y algún que otro asado, como la semana que se fue.

 

Y eso lo hace feliz: “Mi hijo cada vez que regreso de Olavarría me ve exultante, me dice ‘Pá, si cada vez que volvés de Olavarría venís tan pleno, porque no volvés a vivir allá’. Y yo le contesto que prefiero seguir en La Angustura, disfrutar de los viajes y venir de paso cada vez que lo voy a visitar a La Plata”.
 

 

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