12-06-2026
El especialista Luis Scervino consideró que uno de los problemas es la caída del poder adquisitivo. Un Estado desentendido y el costo de la tecnología son variables que agudizan una crisis terminal.
“Colapso” y “crisis” son dos de las caracterizaciones más usadas en los últimos meses para referirse al sistema de las obras sociales en Argentina. En cada provincia y ciudad la escena se repite con advertencias de los diferentes actores respecto de las dificultades para afrontar los gastos y sostener las coberturas.
El médico Luis Scervino es un especialista en el tema que ocupó el cargo de superintendente de salud en el gobierno nacional entre 2015 y 2017. Médico egresado de la UBA, dedicó sus primeros 20 años de profesión a la cirugía vascular. Además hizo la Maestría en Salud Pública. Accedió a hablar con Verte sobre la situación actual y explicó que “lo que hay que comprender es que en Argentina desde mediados del 1940 se estableció y se formalizó a lo largo de los años un sistema de seguridad social, que comúnmente conocemos como obras sociales”.
“Ese sistema de seguridad social incluye todos los otros beneficios que tienen que ver con el trabajo formal. O sea, el hecho de tener derecho a una jubilación, las asignaciones familiares, el seguro por accidente de trabajo, fallecimiento, por citar algunas”, detalló.
“Todo ese conglomerado se llama seguridad social y es un modelo que Argentina lo incorporó a mediados de la década del 40 y que está inspirado en Alemania, donde fue creado por Bismarck a fines del siglo XIX”, precisó.
“A partir de ese concepto la mayor parte de la población argentina tiene cobertura a través de una obra social. Luego de la reforma constitucional del año 1994 quedó establecido que la salud es responsabilidad de las provincias. Tenemos una obra social por provincia que cubre a todos los empleados provinciales (maestros, policías, etcétera)”, repasó.
Scervino apuntó: “Las obras sociales nacionales cubren alrededor de 14 millones de personas y son las del personal de las Fuerzas Armadas, de Seguridad, del Congreso, etcétera”.
“Uno podría dividir a la población argentina en tres, pero la realidad es que hay un sector que no tiene nada, porque no tiene trabajo formal, y son aquellos que van al hospital público, y oscila entre el 35 y el 38%, variable de acuerdo al nivel de ocupación”, graficó.
“El resto de la gente tiene acceso a la salud a través de un sistema de obras sociales de todas estas que mencioné. Y hay un sector, que es muy chiquito, que paga un prepago y no supera el 2,5% de la población”, acotó.
El médico aclaró “aunque cuando hablás con alguien del sector prepago, dice que alcanzan a 5 millones y medio o 6 millones de personas, hay que observar que el 90% son gente que, y sobre todo con las modificaciones del marco jurídico donde la obra social puede recibir aportes y contribuciones, tiene un trabajo formal que deriva aportes a las obras sociales y después hace un pago de bolsillo para complementar si es que no le alcanza. Y yo diría que a la mayoría no le alcanza, de la gente que está en prepago”.
“El primer concepto básico es que la Argentina desde hace más de 50 años tiene un sistema de seguridad social, en el caso de obras sociales, que se financió y se financia con aportes y contribuciones. Una parte que pone el empleador que es el 6% del salario y otra parte que pone el trabajador que es el 3%”, comentó.
Punto de inflexión
Scervino considera que este sistema funcionó bien hasta los años 90. “A partir de esa época comenzaron a desarrollarse en el mundo lo que se llaman nuevas tecnologías que tuvieron un alto impacto en los costos de la atención médica. Coincide además, con el deterioro del salario. Ese 9% del salario hoy no alcanza para financiar la atención médica”.
“El otro punto es que a partir de las redes los pacientes tienen cada vez un acceso más importante a la información. Entonces, esa histórica asimetría del conocimiento entre el médico y el paciente cada vez se reduce más, porque cualquiera accede a Google y ya puede conocer cómo es la enfermedad que tiene y más o menos lo entiende. Hoy eso está universalizado”, describió y opinó: “Eso genera que la gente tenga expectativas que antes no tenía y entonces le exige al sistema de atención médica”.
Scervino consideró que ese es el gran cambio, por un lado un desarrollo tecnológico terrible, un aumento potencial geométrico de los costos de la atención médica y un ingreso de plata que es fijo, que es un 9% del salario, un salario que fue perdiendo poder adquisitivo.
Observó, además, que hay dos grandes países en Europa, como son Alemania y Francia, que conservan modelos de seguridad social. “Tal vez lo ideal sería llamarlos sistemas mixtos porque se financian con porcentajes del salario, pero además hay presencia del Estado”, marcó.
“Acá, a lo largo de los años el Estado hizo cuantas cosas tenía para hacer para destruir el sistema y te lo puedo graficar con ejemplos”, planteó.
“A través de leyes se incorporaron dos millones de monotributistas que hoy pagan una cuota exigua y tienen el mismo derecho que cualquier otro trabajador. ¿Significa que no hay que darle servicio? Sí, hay que darle servicio, pero, probablemente en el sector público”, matizó.
“La alternativa podría ser que el sector público, como ocurre en alguno de los países que mencioné, pusiera la cuota para que se le pueda dar al paciente el menú que corresponde. Ahí está uno de los grandes huecos que se genera incorporando dos millones de personas al sistema”, remató.
“Otro residuo de la década del 90 fue la famosa desregulación que generó que se fueran al sistema de medicina prepaga, los más jóvenes, los más sanos y con los sueldos mejores. Por lo tanto, ¿quiénes se quedaron? Los que no se pudieron ir”, explicó.
Scervino acotó que “seguramente no pudieron ingresar porque tenían mayor carga familiar, salarios más bajos o carga de enfermedad porque no hay que olvidarse que para ingresar al sector prepago se hace una especie de preocupacional, que en caso de que se detecte alguna enfermedad se debe pagar una cuota más alta”.
“A este panorama hay que sumar como condimento: a lo largo de los años fuimos sufriendo un envejecimiento de la población, una mayor expectativa de vida que hace que la gente, al vivir más cantidad de años también demanda una mayor cantidad de servicios y todo con los mismos recursos”, advirtió.
Sin dudarlo, el médico indicó que el tema que tiene mayor gravitación es la pérdida del poder adquisitivo. “Algunos calculan que hay un 25 un 30% de caída comparado con años anteriores y creció exponencialmente lo que deben hay que pagar para sostener la atención. Es una ecuación explosiva”.
Repasó otros números que no cierran: “El promedio de recaudación de las obras sociales nacionales no debe superar los 60 o 70 mil pesos per cápita y el menú que se debe cubrir (el llamado Programa Médico Obligatorio) trepa a los 100 mil pesos por persona, o sea que ya de movida entrás con una situación deficitaria”.
“Es un problema que viene de hace años. Y esto no es como un avión que se cae y en 30 segundos choca contra el piso, es más parecido al hundimiento de un barco que, en este caso, puede estar años hundiéndose”, retrató.
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“Ese hundimiento es lo que llamo el fin de ciclo del modelo, tal como lo conocemos, de seguridad social. Y se mantiene a flote a expensas esencialmente de la calidad”, reconoció.
Podemos reconocer a diario otros síntomas de este malestar del sistema: bajos sueldos para los médicos, prestadores que dan servicios de calidad disímil, pagos a proveedores diferidos, cierres de clínicas del interior del país, en fin, reducción de la oferta. Scervino lo describió como un resentimiento general del modelo.
El Estado ¿está?
La crisis alcanza a las obras sociales con mayor cantidad de afiliados (Ioma con más de 2 millones o Pami con 5 millones) y Scervino considera que el origen del problema es el mismo. “Se financian con un porcentaje del salario y un Estado que la mira pasar, que no pone ni un centavo”, observó.
“Otra de las grandes confusiones que se genera es cuando plantean que el Estado puso plata para las obras sociales”, señaló.
“El Estado en la historia de la seguridad social jamás puso un centavo para las obras sociales. Ni aún en la época de la pandemia. El sistema siempre se financió con los recursos naturales del trabajador. Es un tema clave”.
“Este sistema de seguridad social no puede andar bien si el sector público no participa en su rol de regulador y aportante en determinados casos”, opinó.
Scervino alertó que “hay nuevas tecnologías de diagnóstico o terapéutica (como pueden ser medicamentos de alto costo), algunos de los cuales valen más de 2 millones de dólares. ¿Le puede caber a alguien en la cabeza que una obra social pueda cubrir medicamentos de 2 millones de dólares? Si el estado no está presente, como ocurre en los países desarrollados, es imposible”.
“Sin embargo, tenemos todos los días recursos de amparo que obligan a los financiadores (las obras sociales y las prepagas) a cubrir medicamentos de altísimo costo con la gravedad que muchos de ellos a veces no se tienen la evidencia de su efectividad”, estimó.
“No hay ninguna posibilidad de que esto se pueda resolver. Hace varios años vengo hablando de que estamos viviendo un fin de ciclo y así hay que entenderlo. Lo ve mucha gente pero son tantas las otras preocupaciones que la salud está en sexto, séptimo u octavo lugar en las expectativas de la gente y por lo tanto, los políticos, no lo toman como tema y por ese motivo no hay chance de que se arme una mesa de trabajo para pensar la problemática”, estimó.
“Se necesita, tomando como ejemplo lo que hizo en su momento el doctor Raúl Alfonsín con la educación, que llamó a un congreso pedagógico nacional para ver si se podía ordenar el tema, creo que estamos en una situación similar”, comparó.
“Debería a través de una ley del congreso llamarse a un Congreso Nacional Sanitario con participación de todos los sectores, Provincia, Nación, financiadores y prestadores y pacientes para decir, 'Vamos a ver si podemos elaborar un programa federal de salud y que participen todas las voces'. Pero hoy es una asignatura pendiente”, cerró.