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07-08-2026

El puente que dividió a Olavarría y todavía no tiene nombre

En el Concejo Deliberante hay seis propuestas pero aún ninguna resolución. Llegar a un consenso parece imposible pero necesario, si de dejar un legado se trata.

 

Hay obras públicas que se inauguran y pasan a formar parte del paisaje sin mayores discusiones. Y hay otras que parecen condenadas a vivir en debate permanente. El puente de la avenida Colón pertenece, sin dudas, a esta última categoría.

 

Nació envuelto en una de las mayores polémicas urbanas de la historia reciente de Olavarría. Dividió a vecinos, enfrentó al oficialismo con la oposición, motivó recursos judiciales, puso en discusión el modelo de ciudad, fue financiado con un préstamo internacional, soportó una demanda que se extendió durante dos décadas y, paradójicamente, 26 años después de su inauguración sigue sin tener un nombre oficial.

 

Hoy el Honorable Concejo Deliberante vuelve a debatir sobre él. No ya para decidir si debía construirse, sino para definir cómo será recordado por las próximas generaciones. Y, como ocurrió desde el primer día, tampoco existe consenso.

 

Se amontonan en las comisiones del HCD ya seis propuestas de nombre para el puente y un pedido para crear una comisión abierta que defina cómo debería ser bautizada esta mole de hormigón pretensado.

 


Una ciudad partida por las vías

Durante décadas, la playa de maniobras del ferrocarril funcionó como una verdadera cicatriz urbana. Cada formación que atravesaba la ciudad obligaba a esperar interminables minutos para pasar de un lado al otro. Los barrios Luján e Hipólito Yrigoyen reclamaban desde hacía años una solución definitiva.

 

Fue entonces cuando el intendente Helios Eseverri decidió impulsar una obra que cambiaría para siempre la geografía de Olavarría. La idea comenzó a gestarse en 1995 y rápidamente encontró una resistencia inesperada.

 

El puente que casi nadie quería

 

Antes de que comenzaran las obras, el municipio encargó una encuesta a la consultora Mora y Araujo. Los resultados sorprendieron. Siete de cada diez vecinos rechazaban el proyecto. Apenas un 30% apoyaba la construcción del puente. La oposición no provenía solamente de sectores políticos. Los frentistas fueron quienes encabezaron la resistencia.

 

Crearon la "Comisión de Frentistas Damnificados", presentaron recursos de amparo ante la Justicia de Azul e intentaron frenar el avance de las topadoras. Los argumentos mezclaban cuestiones técnicas con otras profundamente emocionales.

 

Decían que las inmensas rampas de hormigón levantarían un "paredón del olvido", una muralla que taparía las viviendas, depreciaría las propiedades y transformaría una avenida abierta en un corredor oscuro e inseguro. La alternativa que proponían era otra, sin dudas mejor pero mucho más costosa: construir un túnel bajo nivel.

 


"Las ciudades no pueden detenerse"

 

El Concejo Deliberante vivió durante meses sesiones memorables. Los diarios de la época hablaban de verdaderas batallas políticas. Helios Eseverri nunca dudó.

 

Defendía el puente como una obra estratégica y repetía un concepto que terminaría marcando aquella discusión: "Las ciudades no pueden detenerse por el interés de unos pocos vecinos". No todos compartían esa mirada.

 

Desde el FREPASO, Mario Méndez sostuvo que el puente respondía a una lógica de ciudad pensada para los automóviles y no para las personas. El justicialismo también cuestionó la iniciativa y reclamó una consulta popular. Incluso especialistas en ingeniería urbana advirtieron que el verdadero problema seguía siendo la playa ferroviaria y que el puente apenas resolvería una parte del conflicto. Pero la decisión política ya estaba tomada.

 

Un millón de dólares para cambiar la ciudad

 

En 1998 el Concejo autorizó la toma de un préstamo internacional cercano a 1,06 millones de dólares, garantizado con recursos de coparticipación.

La obra fue adjudicada a Construcciones Arrieta, de Bahía Blanca. Las enormes vigas de hormigón pretensado se fabricaron en un obrador instalado sobre terrenos de Ferrosur. Durante meses la estructura fue creciendo lentamente sobre la ciudad, alimentando todavía más la polémica.

 

El primer auto

Antes de habilitarlo, el puente fue sometido a exigentes pruebas de carga utilizando cuatro camiones durante varias horas. Finalmente llegó el 20 de mayo de 2000. El primer vehículo en atravesarlo fue un Fiat 600 rojo, elegido especialmente para la inauguración oficial. Ese día terminó una discusión, pero comenzaron muchas otras.

 

El juicio que duró veinte años

 

Los vecinos que se consideraban perjudicados iniciaron una demanda contra la Municipalidad reclamando una indemnización. El expediente recorrió dos décadas de tribunales.

En 2019 obtuvieron un fallo favorable. Sin embargo, un año después la Cámara Civil y Comercial de Azul revocó completamente esa sentencia. Los jueces entendieron que las molestias ocasionadas por la obra pública no constituían un daño especial indemnizable y rechazaron un reclamo que superaba los dos millones de pesos. La historia judicial del puente había terminado. La política todavía no.

 

El puente sin nombre

 

Curiosamente, desde el comienzo existió la intención de bautizar la obra. El gobierno de Helios Eseverri quería llamarlo "Puente Unión", como símbolo de la integración entre los dos sectores de la ciudad separados por las vías. Nunca prosperó.

Los olavarrienses hicieron lo que suelen hacer con los lugares emblemáticos. Los bautizaron a su manera. Y desde entonces todos lo conocen simplemente como "el Puente de la Colón".

 

Veintiséis años después, vuelve el debate

 

La discusión regresó ahora al Concejo Deliberante y ya no gira alrededor del hormigón, del tránsito o del costo de la obra sino que el debate pasa por su identidad. Las propuestas son tan diversas como la historia del propio puente.

 

La Peña Ciudad de Olavarría impulsó en 2021 que lleve el nombre de Diego Armando Maradona.

 

El concejal libertario Oliver Gamondi propuso homenajear al olvidado pero histórico Ángel Pintos, único dirigente de la historia que fue intendente de Azul y de Olavarría.

 

Telma Cazot de Fuerza Patria planteó llamarlo Papa Francisco.

 

El comerciante Carlos Bianchi presentó la iniciativa para que recuerde a Helios Eseverri, el intendente que lo imaginó cuando casi nadie lo apoyaba.

 

María Adela Casamayor propuso el nombre de Diego Wagner Clar.

 

Y el vecino Nicolás Leal fue todavía más allá: planteó crear una comisión integrada por instituciones y fuerzas vivas para que sea la propia comunidad la que defina el nombre definitivo.

 

Un puente que nunca dejó de generar discusión

 

Quizás esa sea, justamente, la mayor particularidad del puente de la avenida Colón. Desde que fue apenas una maqueta instalada en el Palacio San Martín hasta la actualidad, nunca dejó de ser tema de conversación.

 

Primero se discutió si había que hacerlo, después cómo financiarlo y más tarde si realmente había mejorado la circulación. Luego si debía indemnizarse a los vecinos. Y ahora, un cuarto de siglo después, la ciudad debate cómo llamarlo.

 

Tal vez exista una ironía difícil de ignorar y es que la obra nació para unir dos sectores de Olavarría pero, desde el primer día, no dejó de dividir opiniones.  

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